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Delincuencia inmobiliaria

También es crimen organizado, pero de cuello blanco, y por eso se creen a salvo. Malhechores que trafican con el hormigón y la varilla, todos los días traicionando la ley.

Publicado originalmente en El Universal

Las ciudades del país son su patrimonio, su reino, su burdel.

Los delincuentes inmobiliarios financian campañas, hacen millonarios a los políticos, compran jueces, mercadean con el uso del suelo, especulan con la tierra, destruyen el patrimonio de los ciudadanos de a pie, y todo esto mientras presumen sus centros comerciales, sus edificios de espejo, sus obras de pésimo gusto.

Son el otro lado de la misma moneda: un Estado que trabaja para los menos. La autoridad servil es empleada suya, tal como sucede con la policía y el narcotraficante.

No hay quien sea capaz de oponerse: tienen el poder del gigante y la cortesía del tahúr. Ellos deciden dónde y por qué invierte la ciudad, dónde y por qué corre el agua, el drenaje, la luz; son dueños de la calle, del pavimento, del mobiliario urbano.

La ciudad se rinde ante la arbitrariedad inmensa y sus habitantes nos empequeñecemos ante su paso.

¿Por qué construir ese horrendo centro comercial en ese lugar preciso? ¿Qué sucederá con los vecinos? ¿Cómo afectará el tráfico? ¿Qué beneficios traerá para la comunidad? ¿Quiénes visitarán la mole? ¿Cómo obtuvo el constructor el permiso? ¿Qué ofreció a cambio? ¿A quién corrompió? ¿Con quién se asoció?

Estas son preguntas que nos hacemos quienes sufrimos cada vez que un delincuente inmobiliario gana la partida.

Los habitantes de este país estamos enojados y por eso votaremos contra las autoridades. Una de las razones que más pesan, a nivel local, para sancionar a los gobernantes es la manera como entregaron la plaza para que estos hampones hicieran y deshicieran a su antojo.

La delincuencia inmobiliaria es uno de los principales síntomas de la corrupción que nos devora. Por eso será divisa no solo derrumbar los fueros de los constructores, sino perseguirles penalmente por su trapacería.

Deben terminarse los jugosos negocios que sientan en la misma mesa a los jueces y los intereses inmobiliarios; también la complicidad que ha vuelto millonarios a quienes modifican el uso de suelo, venden licencias de construcción, trafican con los permisos y toda esa tramitología que, durante los últimos años, ha enriquecido a tantos.

Sobre todo, debe meterse a la cárcel a los políticos que han crecido su cuenta bancaria en el extranjero, gracias a las aportaciones que los delincuentes inmobiliarios han hecho para que no estorben a la hora de herir a la ciudad.

A diferencia de los capos dedicados al tráfico de drogas, los delincuentes inmobiliarios no pueden esconder sus delitos. La obra de su corrupción está a la vista de todos, lo mismo que el daño causado por sus fechorías.

Señalarlos por nombre y apellido es fácil, arrojar reflectores sobre sus socios también, lo mismo que ubicar a quienes les pusieron alfombra roja para que se adueñaran del espacio común.

No habrá lucha contra la corrupción que tenga éxito si estos delincuentes continúan libres, orondos y campantes.

ZOOM: El periodismo de investigación tendrá una deuda con la sociedad mientras los periodistas no nos aproximemos a esta otra forma depredadora del crimen organizado.

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